El SÉPTIMO


“No comprendía sus actos, pues en el fondo sabía que  me quería”

El no era romántico. Me miraba desde arriba mientras yo, muy niña, me perdía en un mar de escalofríos.  Entonces me decía lo guapa que era.

Tenía una gran espalda, musculada y suave.  Era moreno, con barba y mirada de niño. Los cinco años que me separaban de su nacimiento parecían minutos cuando me hacía reír.

Pasaban los días, los meses  y él me llamaba, desesperado.  Quería verme, me trataba bien.  Entonces me llevaba por el pasillo hasta su habitación, de la mano, o quizás abrazándome por detrás. Yo notaba su efervescencia y me sonrojaba.

Siempre, se clavaba delante del mismo espejo, entonces me miraba con sus veinte centímetros de más sobre mi hombro, posaba su cabeza en el y me sonreía.

Día tras día y yo le quería.

El refunfuñaba mientras yo le miraba con ojitos tiernos.  No entendía mi interés por los abrazos, por los besos, por las palabras bonitas. Porque como siempre, me había enamorado de la persona equivocada. Al fin y al cabo sólo era el hermano mayor, de una amiga.

Y pasaron los años. Y cada vez  nos alzábamos más y más alto.  Desde el séptimo cielo, desde el séptimo piso.

Se podía contemplar casi toda la ciudad desde su ventana, con repisa en la que, sin duda, yo me sentaba. Me cogía por la cintura mientras metía su mano por debajo de mi falda de tablas y yo al final, gemía.

Cuando no estaba, soñaba que sus dedos recorrían todo mi cuerpo.  Mi imaginación volaba mientras pasaba ensimismada las tardes en clase.

La luz tenue que desprendían las tardes de primavera me relajaban y a la vez me excitaban tanto que no podía dejar de tocarle. El se acercaba más y más hasta que no quedaba un ápice de oxígeno entre nosotros. El ligero vaivén del aire de temporada nos azotaba la cara mientras clavaba mis uñas en su espalda.

A él le gustaba mirarme y  besarme el cuello mientras se acercaba a mi cara, entonces, me acariciaba la mejilla y yo, yo gemía.

Y gimiendo pasé largas tardes durante más de tres años.

Así que allí donde estés, sabrás que no se volverán a encontrar nuestros cuerpos hasta que el destino nos coloque bajo el mismo cielo, a la misma hora.  Mientras tanto, seguiré pensando en ti.

Por siempre tuya,

Eva.

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