Delirios de una noche cerrada.

Pues aquí estoy, junto a mi fiel caja de pañuelos.

Con un atuendo cuasi-deplorable y un sonrojamiento puntual de lo que viene siendo el extremo de mi nariz. Si no estuviésemos todavía entrando en el otoño diría que soy rudolf.

Si señores míos, rudolf. Con su nariz rojo pasión en la punta del trineo de su amo  y señor gordo que trae regalos a los niños buenos. Pero lejos del consumismo me he sentado aquí a pensar, con mis cuatro estaciones de fondo, mirada al frente…. y dejo perder la vista, tan lejos que ya casi no puedo alcanzarla.  Sin duda una de mis obras preferidas, quizás porque la he escuchado incluso antes de nacer (parece ser que mi madre había leído que si escuchaba música clásica en la barriga sería buena en matemáticas. ¡¡¡¡¡¡¡VAYA MENTIRA MAS GORDA!!!!!!)

Total que en mi camino hacia la inmensidad del universo he elucubrado un promiscuo y retractil escenario.  Con mis luces de puticlub de lujo encendidas, que aportan esa cálida y preciosa luz que a mi tanto me gusta, pañuelo en mano, me he imaginado paseando por los largos pasillos de piedra desnuda, con mi vestido de busto al descubierto, un corsé que cada mañana dos hermosas doncellas me apretujan contra las costillas  (momento en el que exhalo hasta el alma) y mi gran cola pomposa, digna de admirar. Y camino y camino y el pasillo se eterniza, a cada poco se observa un tío mío pintado por aquí, por allá. Sin mencionar las decenas de retratos de mi persona, esculpidos  con cada pincelada por los mas prestigiosos pintores de la época.

Y avanzo en la oscuridad que se ve perturbada por unas antorchas tan altas y tan incandescentes que reflejan en mi rostro lo más profundo de la noche.  Las sombras me persiguen en un vertiginoso baile que recorre cada estancia que cruzo de mi impresionante mansión.

Empiezo a sentir esa sensación de angustia, cada vez apresuro un poco más el paso, casi puedo notar como el extremo más lejano de mi cola vuela, me elevo del suelo en un nosequé que me eriza los pelillos de lo que no es el alma. Estoy llegando, ya casi queda poco.

Cruzo y cruzo más estancias, veo por el reflejo del espejo la imagen desvaída de mi amante, pero no tengo tiempo para lo terrenal ahora mismo, avanzo y avanzo y sigo cada vez más rápido. Ya casi estoy corriendo.

Mis pechos suben y bajan con mi respiración acelerada. Noto como los espíritus antiguos se levantan a mi paso en una reverencia tan fugaz que quema el aire en mi rostro.  Mientras, pienso en por qué diablos habría accedido a modernizar mi real palacio. Me está costando. Ya por fin puedo vislumbrar al final del puto pasillo, mi final feliz.  Puedo sentir como se me escapan los suspiros por esa boca privilegiada.

Abro la puerta  y entro en  mi  requerida estancia, me subo el vestido, los tres cancanes, me bajo las enaguas, las segundas enaguas, las decimoquintas enaguas y por fin, muy señores míos, puedo mear tranquila.

Eva.

Diario de una inútil I

Como si fuese una primera vez de otras muchas que ya he vivido, llegué ya sudando por el calor que emanaban esas salas, temblorosa, al puto torno el gimnasio. Y en un laborioso ademán de pasar la tarjeta por el lector, pobre de mí, convertí lo que podría ser un buen inicio de sesión en el momento más estúpido  de mi vida.

Corrijo, uno de los más estúpidos.

Sucedió así, estiré la mano con la tarjeta en la punta de mis dedos y en un sutil movimiento (incluso pude intuir como un ínfimo desgarro en el aire tosco y cargado de ultratumba) lancé mi tarjeta tan alto que pude oír los segundos. Pasaban tan despacio que podía hasta olerlos  mientras me quedaba con una cara de gilipollas al encontrarme a un lado del torno y  mi preciada tarjeta, recién posada en el suelo, al otro.

Después de superar las barreras (no quisierais saber cómo) llegue a la maldita sala en la que algunos muy hermosos y sudorosos cuerpos se modelaban rítmicamente mientras yo, en mi saco de patatas, todavía estaba en mi mundo intentando asimilar (mirando un bonito culo de uno de esos cuerpazos) como había pasado.

Me monto en la cinta y descubro para mi mayor asombro, que solo he traído un guante.

Eva.

Discriminación del tanga.

He ido al médico, porque he sufrido un hermosísimo lumbago y hace ya tiempo me pusieron una inyección en el culete, la cual se ha atravesado. Así que decidí  ir a ver que le pasaba a mi pompis, no vaya a ser que mute, con lo bonito que es.

El caso es que sabía que tendría que sacar mis posaderas a relucir,  me entró ese nosequé que quéseyo  y me puse unas bragas, porque no iba a ir en tanga a ponerle el culo en la cara al señor doctor (aunque muchos quisieran guarrear en eso).

¿O si?

En un post de hace tiempo (50 sombras de grey)  ya había comentado mi guerra con la ropa interior, pero  ¡joder! He sufrido las dos peores horas de mi vida, ¡¡¡¡qué cosa más incómoda!!!!

Sé que muchos no lo entenderéis y muchas otras tampoco, pero…. Solo quería que lo supierais.

Que vida más dura la de la mujer.

Eva.

eva

Miserables

Vuelve de trabajar y por costumbre le da un beso a su marido. –Te he echado de menos- dice también por cortesía. Se acerca al pequeño tarrito de la Sal que está escondido entre la harina y demás tórridas sustancias endiabladas.  Lo coge en la mano y sonríe.

Arrima su cuerpo cansado y deteriorado a la encimera y con un pulso absolutamente tembloroso consigue abrir el ansiado bote de sal, no sin una pequeña gotita de sudor emanando de su frente tibia. Tira un poco en la tabla de madera roñosa de la cocina y  carraspea. Se hace su raya, y sus tres rayas más. Se sienta mientras su marido empieza a transformarse en lo que nunca fue.

Empieza a sentirlo. Ese placer que emana de algún punto tan profundo de su cuerpo que le produce calor. Se pone tan cachonda que se sube la falda y empieza a tocarse el coño, en medio de la cocina. Mientras su marido, aún estupefacto, sabe que esta noche hay sexo porque su mujer está tan colocada que vuelve a sentir por él un atisbo de lo que un día hubo entre los dos. Se frota las manos.

Alcanza su pastillero del cajón de los cubiertos  y se mete en la boca esa idolatrada pastillita azul que le evoca gloria. Mientras observa cómo le crece dentro del pantalón  esa poca cosa que un día tuvo.

Se colocan y follan hasta la saciedad, que nunca llega.

Eva.

ESMERALDAS

Hay veces en que las catástrofes se suceden, una tras otra  y  se convierte en un torbellino de irrealidad, de surrealismo. Entonces sin esperarlo algo renace, verde, rodeado de un negro tan negro que contrasta. Deleita con una  belleza tan pura que provoca un nosequé en el cuerpo.  Tan desinhibido que eriza los pelillos del alma que un día fue insanamente adormecida.

Buenas tardes, buenas noches.

Buen día.

Eva.

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