Miserables


Vuelve de trabajar y por costumbre le da un beso a su marido. –Te he echado de menos- dice también por cortesía. Se acerca al pequeño tarrito de la Sal que está escondido entre la harina y demás tórridas sustancias endiabladas.  Lo coge en la mano y sonríe.

Arrima su cuerpo cansado y deteriorado a la encimera y con un pulso absolutamente tembloroso consigue abrir el ansiado bote de sal, no sin una pequeña gotita de sudor emanando de su frente tibia. Tira un poco en la tabla de madera roñosa de la cocina y  carraspea. Se hace su raya, y sus tres rayas más. Se sienta mientras su marido empieza a transformarse en lo que nunca fue.

Empieza a sentirlo. Ese placer que emana de algún punto tan profundo de su cuerpo que le produce calor. Se pone tan cachonda que se sube la falda y empieza a tocarse el coño, en medio de la cocina. Mientras su marido, aún estupefacto, sabe que esta noche hay sexo porque su mujer está tan colocada que vuelve a sentir por él un atisbo de lo que un día hubo entre los dos. Se frota las manos.

Alcanza su pastillero del cajón de los cubiertos  y se mete en la boca esa idolatrada pastillita azul que le evoca gloria. Mientras observa cómo le crece dentro del pantalón  esa poca cosa que un día tuvo.

Se colocan y follan hasta la saciedad, que nunca llega.

Eva.

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