Delirios a disgusto

La vida es tan puta a veces.

Llevan meses e incluso años anunciando tormenta. Las nubes se concentran adquiriendo un color negro azulado que da miedo. Los truenos resuenan entre pecho y espalda y sabes que se acerca el momento de darle al botón de apagar. Cuando las fuerzas no  te acompañan río arriba y el agua ejerce una presión tan grande sobre tu pecho que casi no puedes respirar, piensas si vale la pena seguir aguantando.

Desgraciadamente un cúmulo de catastróficas desdichas han asolado a Eva. En realidad llevan ahí desde tiempos inmemorables pero es ahora y no antes cuando finalmente se ha dado por vencida. Las circunstancias avenidas sobrepasan los límites del entendimiento animal, no es posible continuar con la fachada adornada con grietas de sonrisa. Empieza a desmoronarse escama a escama, ladrillo a ladrillo.

El agujero negro que ronda su estomago engulle toda aquellas insignificantes luces que indican el camino para seguir adelante. Todo se vuelve oscuro. Eva quisiera quedarse con el recuerdo de lo que un día fue, soñando que quizás algún día se le permita volver a ser feliz. Fue mujer serena y luchadora, pero el motivo por el cual en su día luchó se deshace entre sus manos como si ya no tuviese vida. El polvo de lágrimas marca las arrugas de sus manos recordándole que así de arrugado tiene el corazón, ya no quedan motivos por los que seguir adelante.

Las circunstancias provocan un torbellino de malignidad que pone los pelos de punta. Cuando no sabes discernir si realmente  mereces lo que pagas día a día con cada respiración, el mundo se vuelve contra uno mismo. Quizás la única salida posible sea romper con todo, divorciarme de Eva, de mi vida y de mis preocupaciones y volver a empezar.

Ojalá fuese tan fácil. Siempre habrá un atisbo de humanidad que salve tu vida del abismo, pero no será suficiente para arrancarte del círculo vicioso que te rodea. Ha sido un largo trayecto de cabezonería y lucha contra un algo imposible y es hora de darse por vencida.

Eva.